La difícil tarea educadora y cómo hacerle frente (III)

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Mother with childEste es el tercer (y último) artículo referido a cómo podemos enfrentarnos a la tarea educativa. Si no has leído los anteriores puedes leer la segunda parte y la primera parte.

Como se puede ver, en esta primera trilogía de artículos, estamos tratando generalidades fundamentales a la hora de educar. Aspectos importantes sobre los que sustentar nuestra práctica educadora y, por qué no, nuestra filosofía de vida para mejorar nuestro bienestar y, por consecuencia directa, el de nuestros hijos/as. 

Como seguro que habéis advertido ya mucho se centra en CÓMO que nos enfrentamos a las situaciones de la vida en general y con los niños/as en particular

No es lo mismo -por ejemplo- que ante una dificultad en el trabajo respondamos enfadados “con el mundo”, criticando al resto de compañeros o pensando en nuestra superioridad profesional, que responder sintiéndonos fatal con nosotros mismos, sintiéndonos incompetentes,… o reaccionar pensando tranquilamente en cómo solventar esa dificultad (sin “atacar” -verbalmente o en el pensamiento- a los compañeros ni a nosotros mismos).  ¿Cómo te sentirías y actuarías en los dos primeros tipos de reacciones? ¿Y en la última? ¿Qué hace más “daño” a nosotros y a los demás?

Nuestro bienestar y tranquilidad NO son los mismos en función de cómo reaccionamos. Y, a fin de cuentas, ¿no buscamos aumentar nuestra tranquilidad, bienestar y sosiego? Pues depende MAS de nosotros sentimos, pensamos y hacemos que de lo que sienten, piensan y hacen los demás. 

Pues con los niños pasa exactamente lo mismo. La forma en la que reaccionamos ante lo que sienten, piensan o hacen repercute directamente en aprendizaje, en su forma de responder y en su forma de vivir.

Si ante algo que hace respondemos mostrando nuestro nerviosismo (gritos, reproches, amenazas o castigos que nunca llegarán a cumplirse…) le estamos enseñando que es así como se reacciona. Si ante algún comentario les decimos… “Hijo/a, no dices más que tonterías”… o nos reímos burlonamente, les estamos enseñando que eso se puede hacer y además estamos “disparando” directamente a su valía personal. Si ante una posible caída, corremos agobiadísimos en su búsqueda , también estamos marcando un patrón de quizás, excesiva preocupación, que también les podrá influir en su desarrollo… 

En este momento me gustaría invitarte a que dediques un tiempo a cómo reaccionas tú ante las diversas circunstancias con tus hijos/as. Si te animas, puedes responder a preguntas cómo ¿Me enfado cuando no hace algo tal y como yo se lo he dicho? ¿Me pone nervioso cuando veo que se va a equivocar en algo? ¿Grito y hago le hago reproches cuando me contesta, me reta? ¿Entro en discusiones frecuentes que acaban en desesperación? ¿Mi estado emocional general con mis hijos es la tranquilidad y paciencia ante las diferentes situaciones o más bien lo contrario? …

Como vimos en anteriores apartados TODOS nos equivocamos y no hay que castigarse por ello. Ocuparse, sí. Castigarse y culparse, no.  Y todos un día podemos estar más cansados, más irritables, malhumorados… Y ser consciente de ello y pedir perdón si no hemos actuado de la manera que quisiéramos, también es una sana costumbre y un gran ejemplo para los pequeños/as.

Algunos consejos para manejar estas situaciones: 

Antes de criticar (o de responder con el tono elevado o con gestos agresivos -mirada, movimientos corporales-) el comportamiento/ritmo/palabras de tu hijo/a; para unos segundos y respira y piensa que es un niño/a, que probablemente no sabe hacerlo de otra manera y que te está pidiendo que le enseñes a hacerlo bien, que no es tan “serio” lo que ha hecho,… Pensar esto te ayudará a trivializar la situación, a calmarte y hará que tu respuesta sea mucho más clara y firme (y sin que tu hijo cuestione el amor que le tienes). El niño/a le dará mucha más credibilidad a tu reacción si la llevas a cabo de manera tranquila y sin mostrar nerviosismo. Puede parecer complicado, pero con un poco de dedicación a ello, se ven cambios rápidos.

Dedica tiempo a mostrar a tu hijo/a lo que esperas de él (tareas, responsabilidades, comportamientos…) Si él/ella es consciente de lo que esperas que haga y de lo que ocurrirá si lo hace (consecuencia positiva) aumentan en un 100% las probabilidades de que lo haga y de que se vaya convirtiendo en un hábito.

Las consecuencias son las consecuencias. Los niños tienen que aprender que todo lo que hacemos tiene consecuencias en ellos y efectos en los demás. Por lo que si no han hecho algo que había que hacer… no tendrán las consecuencias positivas establecidas. Y si han hecho algo que no está permitido, el castigo es la mejor opción (hablaremos en la siguiente entrega sobre el castigo). Ahora bien un castigo que se pueda cumplir (nada de una semana sin ver la tele,… una semana sin salir… o mil horas sin la videoconsola… o dormir en la calle…) Mantente firme en las consecuencias y exprésalas con firmeza. Estas consecuencias tienen que ocurrir SIEMPRE.

 La coherencia es muy importante. Responder habitualmente de la misma manera (consecuencias, reacciones, etc.) da estabilidad y seguridad al niño/a. De lo contrario si un día premiamos un comportamiento, al otro día no; si un día castigamos al niño/a por algo y al día siguiente no… El niño/a no será capaz de comprender lo que se espera de él/ella y no sabrá cómo se valora una situación u otra.

Intenta respetar las peculiaridades de tu hijo/a (sus gustos y preferencias,  su ritmo más tranquilo o nervioso, etc. Aunque a tí no te guste -y siempre y cuando no le dañen-) No le intentes cambiar. Establece consecuencias para cambiar lo que hace, pero no intentes cambiar lo que es. Esto sólo te frustrará a tí, pero aún más a él/ella. Acéptalo tal y como es. 

Intenta predicar con el ejemplo. De nada sirve si le decimos al niño/a gritando “¡Cuántas veces te he dicho que no se grita!” o dándole un azote le decimos “¡Qué no se pega!” Si hacemos este tipo de cosas, la incoherencia está servida. Y siempre predominan más nuestros ACTOS a nuestras palabras.

– Ten claro que lo que tu hijo busca y quiere es TU ATENCIÓN. Y la intentará conseguir de cualquier manera. De nuestras reacciones y de cuándo le demos nuestra atención… dependerá que la busque te manera adecuada o no… Volvemos a las consecuencias y a las normas y límites claros. (“Te hago caso, cuando recojas los juguetes”. Y cuando recoge los juguetes, reforzamos el comportamiento -¡muy bien!- y le prestamos atención, claro

Dejále que se frustre. Aprender a tolerar la frustración (cuando algo no nos sale, cuando nos niegan algo, cuando nos regañan,…) es un aprendizaje importantísimo para la vida. Cuando algo no le salga, no se lo hagas tú. Cuando alguien le niegue algo, no le des otra cosa. Ayúdale a manejar esa emoción, pero no se la quites. Aprender que no siempre conseguimos lo que queremos, que no todo nos sale bien, etc. y poder pensar sobre ello, valorar la situación y ver alternativas, es uno de los aprendizajes más útiles para la supervivencia.

– Dedica unos minutos a ver con tu hijo/a todas las cosas buenas del día y no te vayas enfadado con él/ella a la cama. El cariño y el amor no son negociables. Siempre están ahí y así lo tenemos que intentar demostrar. 

Hasta aquí llegamos por hoy con esta recapitulación de aspectos relevantes en los procesos educativos con los hijos/as; alumnos/as, etc. ¡¡Muchas gracias por llegar hasta aquí!! ¡Espero que os haya resultado interesante! Si queréis comentar o debatir algo estaría encantada de leeros.

Reyes Armada Arnau
Psicopedagoga Consultora.
Especialista en TDAs por el Grupo ALBOR-COHS
Directora del CIT-TDA Vva Pardillo.

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Author: Admin