¿Soy consciente (o no tanto) de cómo estoy educando?

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A man walking and pointing while carrying an arrow the points the opposite direction

Educar no es una tarea fácil. Ni sencilla. Y en ocasiones podemos pensar que es una tarea poco gratificante.

Educar no implica ser robots y funcionar bajo unas reglas automáticas; puesto que somos seres y personas cambiantes y las situaciones también cambian. Por lo tanto, educar requiere de mucha capacidad de adaptación. Y muchas veces, puede costarnos dicho proceso adaptativo.

Educar es una responsabilidad que abarca un período de tiempo muy amplio. Hasta que los hijos/as adquieren las habilidades necesarias para desenvolverse con éxito en la vida. Con todo lo amplio que, en este contexto, conlleva la utilizada palabra “habilidades”.

Educar es guíar, acompañar y enseñar lo que se puede hacer y lo que no. Educar es aprender constantemente. Es tener un plan claro y lo más consensuado posible entre los padres/tutores. Educar supone coherencia y estabilidad de las cosas en el tiempo (para que se asienten y perduren).

Educar es decir que NO y poner límites.

Educar es sobre todo, AMAR. Pero ese AMAR no significar tener que decir a tu hijo que “sí” a todo.

Educar es tener PACIENCIA. Los niños necesitan TIEMPO para aprender. ¿Cuánto? El que cada uno, dentro de su individualidad, necesite.

Educar es COMPRENDER. Todos, y los niños también, nos equivocamos, podemos actuar y pensar de diferente manera, a ritmos diferentes,… Y comprenderles de verdad (sin poner “peros”) es fundamental.

Esta aventura no es nada sencilla pero puede ser la más maravillosa. Y es una aventura en la que equivocarse es natural y es recomendable saberse humanos y no perfectos. También es una aventura en la que intentar no podemos perder el objetivo final; que es dotar de herramientas y recursos a una “personita” para que pueda desenvolverse con éxito en las diferentes situaciones que le irá “poniendo” la vida.

Me gustaría así, en este punto, comentar tres de los errores que solemos cometer y que, en ocasiones, podemos pasar por alto, porque son inadvertidos para nosotros y es importante que nos paremos a reflexionar un poco sobre ellos.

1. EJEMPLO. El conocido dicho de “Una imagen vale más que mil palabras” es una “ley educativa”. Resulta incoherente decir a un niño “¡¡No grites!! (y decírselo gritando)”, decirle que “Tiene que ser paciente y esperar su turno (y nosotros en el coche ponernos nerviosos mientras esperamos a que el semáforo se ponga en verde)”, o que “No se habla mal de los compañeros (y en la cena comentar a nuestra pareja lo cínica que es la jefa)” o insistirle en que “no llore cuando le cuesta hacer algo (y nosotros dar un golpe al ordenador cuando no nos sale bien el excel)”,…

Seguro que en estos ejemplos lo vemos claro y podemos percibir también lo difícil que es, puesto que el ejemplo se atribuye a todas las facetas de la vida. Cuanto más alineado esté lo que decimos con lo que realmente hacemos (nuestra forma de responder a las situaciones), más interiorizará el niño esas formas de proceder. De lo contrario, a la palabra prevalece el ejemplo. SIEMPRE.

2. AMENAZAS INCUMPLIDAS. ¿Cuántas veces al día nos descubrimos amenazando con castigos que nunca llegamos a cumplir? Si no te has parado a pensar en ello; obsérvate durante un día e intenta contabilizarlas. Cada vez que mal-utilizamos un castigo en forma de amenaza, pierde su valor. Y además transmitimos al niño que “puede hacer lo que quiera” porque al final siempre se sale con la suya.

Los adultos (o la mayoría) somos conscientes de que todo lo que hacemos tiene sus consecuencias para nosotros y muchas de ellas también efectos sobre los demás (si cumplo con mi trabajo, cobro a fin de mes. Y si, por ejemplo, trato mal a una persona, ésta puede que no vuelva a llamarme o a querer contar conmigo). Los niños también tienen que aprender que lo que hacen tiene consecuencias para ellos y efectos en los demás, y que para actuar hay que valorar ambas cosas. Y este aprendizaje no tiene lugar si solo amenazamos, amenazamos, amenazamos y no hay consecuencias cuando se comporta inadecuadamente. De hecho favorecemos que se siga comportando inadecuadamente.

3. REPROCHAR TODO LO QUE SE HACE “MAL”. Introduzco el término “mal” entre comillas ya que hacer algo “mal” es muy relativo; y depende mucho del baremo de cada uno, ¿o no? Pero bueno, dejando esto quizá para otra entrada, reflexionemos sobre las veces que corregimos, criticamos, reprochamos comportamientos al niño (“no hagas eso así, te dije que, eso no se hace, así no, come bien, te he dicho mil veces que…”). Te invito a que también te auto-observes durante un día e intentes contabilizarlas.

Cada vez que corregimos, criticamos, puntualizamos, reprochamos,… estamos pasando por alto la maravillosa oportunidad de reforzar todo aquello que hace bien (que son muchísimas cosas). Nos estamos centrando en lo que hace mal en vez de en lo que hace bien. Algo injusto, ¿no? 

(Imáginate que lo hacen contigo. Que tienes al lado alguien que está gran parte del día corrigiéndote, reprochándote y puntualizando lo que dices, haces o piensas,… Y además muchas veces lo hace desde su opinión y no desde hechos… Frustrante, ¿verdad?)

Esto no significa que no corrijamos al niño. Claro que le tenemos que corregir y guiarle en cómo se hacen las cosas y en qué cosas son buenas para él y cuáles no. Pero de ahí a todo el día estar con el “ojo puesto” centrándonos en todos los errores para poner la “puntilla” hay mucho camino, ¿no os parece?

Hasta aquí llegamos. Hay suficiente material para reflexionar. Te invito a hacerlo y a que si lo ves necesario, intentes cambiar aquellos aspectos que veas que te pueden ayudar a mejorar la relación con tus hijos.

Y si te apetece comentar o señalar algo, ¡es bienvenido!

¡Muchas gracias por leer!

Reyes Armada Arnau
Psicopedagoga Consultora.
Especialista en TDAs por el Grupo ALBOR-COHS
Directora del CIT-TDA Vva Pardillo

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Author: Admin